Sagrado, mis calzones
“No entiendo que quieran matarme por una exposición”.
Es sabido que el ego de un artista a veces no le permite comprender las críticas negativas sobre su obra. Pero las que ha recibido el fotógrafo español Fernando Bayona no requieren humildad ni tienen mucho rollo intelectual. Son reseñas del tipo: “Mira a un lado y otro cuando vayas por la calle porque te vamos a reventar la cabeza”. El crítico en cuestión firma como Skinhead de Granada. Así que, como ya se ha citado líneas arriba, a estas alturas Bayona no entiende nada.
Su exposición fotográfica titulada Circus Christi e, inaugurada el 11 de febrero en la Universidad de Granada, acaba de ser clausurada. Las imágenes censuradas de Bayona relatan la historia de una María que no es virgen, sino una prostituta de carretera; de su marido, un camello que vendría a ser José; y del hijo de ambos, un muchacho llamado Cristo que a pesar de ser gay, se inicia sexualmente con una tal María Magdalena.
La universidad decidió dar por terminada la exposición afirmando no poder garantizar la integridad de la misma, y lamentando que “se hayan sentido heridos los sentimientos y las convicciones de un elevado número de personas”.
Es cierto que, según El País, diversos colectivos sociales habían mostrado su repulsa por el contenido de la muestra desde su inicio (el improvisado crítico Skinhead quizás esté entre ellas). Pero también es verdad que hasta la fecha de su cierre, la exposición sólo ha contado con 38 visitantes. Es de suponer que la mayoría de los que se han quejado (ese “elevado número de personas”) ni siquiera han visto la muestra. Por ende, no sabe por qué ni cómo se han herido sus convicciones.
Puede pensarse en mera provocación cuando un artista monta una obra de este tipo, donde símbolos religiosos son manipulados en maneras que seguro llamará a controversia. En este caso, el español admite que “sabía que todo esto podía tener una importante repercusión, pero no esperaba que llegase a este extremo”. Y niega que lo suyo sea una bravata: “Yo no busco la polémica. Ni la he buscado antes ni ahora. Para realizar esta serie me he basado en una historia pero nunca he dicho que esta sea la historia de Jesús”.
Pues así haya buscado o no generar controversia, lo cierto es que se pueden discutir varios puntos: la gente se ha indignado por una muestra que no ha visto y, sin verla, ha pedido su cierre; la universidad, cuya función debería ser la exposición de diversidad de puntos de vista, la ha cerrado; quienes se han molestado al punto que amenazan con violencia física, o no han entendido bien el mensaje o Jesucristo ha perdido sus dotes de orador.
Todo este lío me recordó inmediatamente al que se generó en torno a la exposición de la escultora peruana Cristina Planas, la de los santos pop que muchos creyentes de San Isidro no quisieron ni ver antes de pedir y lograr su clausura anticipada. También a la censura que se pretendía en el Británico luego de que su directora se escandalizara, entre otras escenas, con el cura pedófilo de la obra de teatro Respira, de Eduardo Adrianzén. Como si escenas como esa no provinieran, lamentablemente, de la realidad. Como si esa realidad –la que está fuera del escenario- no fuese la que en verdad debería escandalizar y promover una acción drástica.
Pero no sólo es el cristianismo motivo de incomprensiones artísticas. Ahora mismo, con la Feria de Arte Contemporáneo ARCO, a punto de inaugurarse en Madrid, el Estado de Israel se ha quejado formalmente a través de su embajada de algunas de las piezas del español Fernando Merino. Reproduzco parte del comunicado, aparecido también en El País: “El conjunto de las obras de Eugenio Merino expuestas en ARCO incluyen elementos ofensivos para judíos, israelíes y, seguramente, para otros. Valores como la libertad de expresión o la libertad artística sirven en ocasiones de simple disfraz de prejuicios, de estereotipos o de la mera provocación por la provocación. Un mensaje ofensivo no deja de ser hiriente por pretender ser una obra artística”.
Eso es cierto. El arte, por ser arte, no deja de doler. Pero vale preguntarse si es función del arte preocuparse por nuestros sentimientos.
Yo creo que no. La verdad me ha pasado mucho eso de sentirme herida o indignada ante ciertos puntos de vista; pero sé muy bien que, en tanto no inflijan un daño físico y tangible, las opiniones pueden ser todo lo contrarias y controversiales que se quiera.
Además, si un prejuicio existe, qué mejor que exponerlo y discutirlo. Es la única forma de entenderlo, y con suerte, eliminarlo.
Finalmente, otra manifestación artística que desencadenó, desde las páginas del New York Times, indignación, polémica mundial y también amenazas de muerte:



































